La escuela en la encrucijada.
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En: El Correo de la Unesco (1996), p. 24-26Resumen: En la actualidad, la escuela se encuentra en una encrucijada: por un lado, el Estado no parece querer financiar ni dirigir la educación y, por otro, los establecimientos escolares y las autoridades locales desean ejercer un mayor control en la materia. Obligada a competir con otras instituciones (familia, empresas) en plena transformación, la escuela ha perdido el monopolio de la difusión del saber. Las nuevas tecnologías de la información y la comunicación ponen a prueba el papel del profesor y hacen tambalearse su concepción de la educación. Lo que se espera de los maestros es que enseñen a los jóvenes a forjarse sus propios valores en una sociedad caracterizada cada vez más por el mestizaje cultural y la desaparición de los puntos de referencia. ¿Pero cómo convertir a la educación en un auténtico factor de paz?. Tal vez -sugiere el autor- convenga definir una "cultura pública común" que abarque una serie de valores no negociables y necesarios para la buena cohesión de la sociedad. Más que introducir nuevos programas habría que reorganizar los ya existentes en torno a ejes transversales. En síntesis, articular los conocimientos de la escuela con las exigencias sociales, resignificando de una manera protagónica el rol docente
En la actualidad, la escuela se encuentra en una encrucijada: por un lado, el Estado no parece querer financiar ni dirigir la educación y, por otro, los establecimientos escolares y las autoridades locales desean ejercer un mayor control en la materia. Obligada a competir con otras instituciones (familia, empresas) en plena transformación, la escuela ha perdido el monopolio de la difusión del saber. Las nuevas tecnologías de la información y la comunicación ponen a prueba el papel del profesor y hacen tambalearse su concepción de la educación. Lo que se espera de los maestros es que enseñen a los jóvenes a forjarse sus propios valores en una sociedad caracterizada cada vez más por el mestizaje cultural y la desaparición de los puntos de referencia. ¿Pero cómo convertir a la educación en un auténtico factor de paz?. Tal vez -sugiere el autor- convenga definir una "cultura pública común" que abarque una serie de valores no negociables y necesarios para la buena cohesión de la sociedad. Más que introducir nuevos programas habría que reorganizar los ya existentes en torno a ejes transversales. En síntesis, articular los conocimientos de la escuela con las exigencias sociales, resignificando de una manera protagónica el rol docente